Marcelo Góngora, fotógrafo

La iglesia de San Lorenzo de Úbeda acoge una exposición en la que revela la inédita faceta del pintor Marcelo Góngora como fotógrafo. Expresión que, al igual que sus cuadros, eleva a la categoría de arte.

Las obras del pintor y escultor Marcelo Góngora Ramos (Úbeda 1940-2017) son fáciles de identificar. Su abrumadora personalidad está presente en cada una de ellas. Inconfundibles son sus ensoñaciones, los paisajes evocadores, las figuras que asoman envueltas en neblinas de otro mundo, los guiños hiperrealistas… Esa es su maestría: la capacidad de elevar escenas y objetos cotidianos a una dimensión trascendental. Escenas y objetos que persisten en su imaginario como retrato de una época desvanecida. Y que retratan al artista como alguien seducido siempre por la belleza. Volcado siempre, en palabras del escritor Antonio Muñoz Molina, «en la contemplación de lo visible y en la añoranza de lo desaparecido».

Sin embargo, muy poco o casi nada se conoce de Marcelo Góngora como fotógrafo. Sus instantáneas desprenden la misma nostalgia realista de sus cuadros. Él las realizaba con el objetivo de fijar aquellas cosas que le interesaban para componer después sus obras de arte. Eran, por tanto, como una especie de «bocetos» para el creador, que nunca pensó en ellas como obras de arte en sí. Pero no hay nada más que contemplar la treintena de instantáneas que se muestran en la exposición El fotógrafo desconocido, para negar esto y apreciar el talento del artista para el enfoque.

La maestría del retrato

Existe un gran paralelismo entre las instantáneas de Marcelo Góngora y su obra pictórica. En esta última utilizaba, incluso, recursos y técnicas propiamente fotográficas como la sobreimpresión o el desenfoque. Por otro lado, la propia fotografía en sí es utilizada con frecuencia como uno más de los objetos que componen sus lienzos. A menudo, retratos de personas que evocan de forma poética lugares, recuerdos, tiempos detenidos…

Ahí están, en la exposición de Marcelo Góngora, El fotógrafo desconocido, los retratos impagables de niños y niñas de los años 70 del siglo pasado. Una infancia de pichis de cuadros y maxi faldas estampadas con fruncidos y mangas de farolillo; de miradas pícaras y bonachonas, de pantalones de tergal acampanados y jersey de rombos, de zapatos desgastados con hebillas de metal. Una infancia que transcurría en la calle, empedrada de guijarros, y en el quicio de las casas con desconchones en la fachada; en los corrales con bardales de piedra y en los patios abandonados de las mansiones señoriales. Pandillas de chiquillos con pantalón corto y rodillas desolladas, con caras sonrientes de churretes y flequillos de monaguillo; una infancia ajena al porvenir que imagina quien los contempla a través del objetivo de Góngora.

La belleza de la cultura popular

Fantásticos y melancólicos retratos que Marcelo hace extensivos a los paisajes de olivos, a las casas encaladas y a las calles rumorosas de pueblo. En las que adivina con un sexto sentido la sombra, el alma, el rastro de quienes las poblaron. La rudeza de los aceituneros, de albañiles y labradores de semblante franco. De amas de casa con delantales que lavan la ropa en las pilas de piedra junto al brocal de los pozos. Que sirven el puchero en platos de cristal sobre hules estampados, en mesas camillas con puntillas de croché, al calor de aquellos humildes infernillos de resistencias.

Todo un repertorio iconográfico que da fe, que registra un tiempo en estado de evaporación. Porque, como asegura Muñoz Molina «él se dio cuenta, quizás antes que la mayoría, de que el mundo que todos daban, dábamos, por supuesto, estaba en trance de ser borrado por la irrupción de una modernidad que iba a arramblar con todo, con lo malo y con una parte de lo bueno, con lo peor del atraso pero también, innecesariamente, con una belleza nunca monumental ni enfática que era la de la cultura popular».

Marcelo Góngora y la iglesia de San Lorenzo

La muestra de Marcelo Góngora, El fotógrafo desconocido, se expone en la sacristía de la iglesia de San Lorenzo de Úbeda hasta finales de febrero de 2022. Un lugar que guarda estrecha relación con la trayectoria vital del artista, ya que fue uno de sus estudios de pintura.

Aún quedan en los muros del altar mayor señales de su presencia: los bosquejos de un Santo Rostro, un San Lorenzo de cuerpo entero y algunos de los que serían sus primeros trampantojos. Estos últimos, una suculenta tripa de morcilla y un vaso de vino tinto. Junto con unos hiperrealista billetes de quinientas y de mil pesetas que más de un visitante intentó, sin éxito, arrancar de la pared. Junto a ellos, los retratos de su mujer, Salomé, y de su amigo y compañero Ramón Cuadra. En una de las instantáneas de la exposición, se les ve a los dos amigos posar en la ermita del Gavellar,  junto a la imagen de la Virgen de Guadalupe y la réplica que realizaron para la iglesia de San Ginés de Madrid.

Retratos entre amigos

Con el maestro ebanista Ramón Cuadra compartió Marcelo Góngora varios estudios, uno de ellos la iglesia de San Lorenzo, y también inquietudes artísticas. Ambos se formaron en la escuela de Artes y Oficios de Úbeda en la posguerra. Y ambos ampliaron conocimientos y técnicas escultóricas, de dibujo y dorado, en el taller del imaginero malagueño Francisco Palma Burgos. En estos primeros y difíciles años los dos amigos van a realizar un gran número de pinturas y retablos de carácter religioso, encargados para paliar los destrozos de la Guerra Civil. Muchos de ellos, trabajos iniciados por Palma Burgos, del que Marcelo se independiza, por decirlo así, cuando el maestro viaja a Italia.   

Sin embargo, como afirma su también amigo Arsenio Moreno Mendoza, historiador del arte, Marcelo Góngora «era esencialmente un autodidacta». Alguien que se abrió paso «a machetazos ciegos, en su soledad, en la soledad de su estudio, de este y de otros, hasta conseguir desbrozar su propio camino, su ser pictórico en gerundio, hasta conseguir expresar su propio mundo con la verdad de sus pinceles, aquel que llevaba escondido en su alma, sin necesidad de psicoanalista, pero sí de sus lienzos», escribe quien también fue miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y alcalde de Úbeda. Los dos amigos, en plena juventud, aparecen en uno de los retratos de la exposición El fotógrafo desconocido, ante la puerta del segundo de los estudios del artista en la calle Cervantes de Úbeda.

´Ubeda, el oxígeno de su existencia

Y es así, de esta forma, como Marcelo Góngora Ramos consigue brillar con luz propia y hacerse un hueco dentro de la escena artística del momento. Participa, entonces, en numerosas exposiciones, colectivas e individuales, en galerías y certámenes de ciudades como Viena, Hannover, Copenhague, Madrid, Bilbao, Gijón…, donde su trabajo es reconocido y premiado. Una fabulosa proyección, un trampolín que, sin embargo, supone un salto al vacío para Marcelo. Y que, en palabras de Moreno Mendoza, «amaba a Úbeda como nadie y hasta sin saberlo, pues, en su candor e inseguridad lógica, era en Úbeda —y nada más que en Úbeda— donde encontraba el oxígeno de su existencia».

Siempre fiel a sí mismo, su estilo es considerado, junto con el de autores como Antonio López, dentro del «nuevo realismo español» o lo que también dio en llamarse «realismo fantástico». Ese componente onírico de sus composiciones es el que acentúa el pintor manchego:  «Marcelo ha dicho cosas muy emocionantes en el territorio de la evocación, de la evocación del mundo real transformado, transformado de una forma poética».

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